INTRODUCCIÓN
He llamado este libro Pura Vida porque me gusta
este saludo que usan los costarricenses. Quiere decir que la
vida es buena, que vale la pena vivirla, que la pases bien… Es el saludo
que hago a mi familia, a mis amigos, a mis lectores, a mis dos
patrias, el Brasil y el Perú; y al resto del mundo, porque
las fronteras son líneas imaginarias que dividen lo que
deberían unir: la gente de este mundo.
Dejen que les cuente…
Quiero contarles de mi abuelo paterno, que empezó a construir
su fortuna comercializando cerdos y manteca en Brasil; de mi
abuela materna, que fue pintora y botánica; de mi suegro,
que fue presidente del Perú; de la sociedad limeña
que conocí en la década
de 1940; de la sierra andina donde hice investigación
histórica
y antropológica; de mi interés por la filosofía
y la medicina chinas. Quiero, en fin, contarles mi vida, una
vida de cierto modo paradójica.
Nací en Sao Paulo, Brasil, de padres italianos; pero mi madre
se había criado en Inglaterra y tenía más de inglesa
que de latina. Tuve la suerte de conocer las bellas ciudades de Italia
y Francia antes de que fueran invadidas por el turismo; y me bañé en
las hermosas playas brasileñas del océano Atlántico
en Guarujá, cuando esa gran isla era todavía casi desierta;
pero no se me permitió estudiar a nivel oficial ni aprender una
carrera, como hubiese deseado. Me casé con un peruano en Buenos
Aires, viajé al Perú, crié nueve hijos. A los 55
años me senté por primera vez en un salón de clase,
en la Universidad de California, San Diego; pero ya conocía los
clásicos de la literatura de seis idiomas. A los 62 años
me gradué con un Master de la Universidad de Texas, Austin; pero
no fui aceptada como profesora en el Perú porque ya estaba demasiado
cerca de la edad de la jubilación. A los 76 años fui contratada
como profesora de Antropología en la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos, en Lima; pero después de enseñar a los alumnos,
y de aprender de ellos por 3 años, desistí del profesorado
y volví al estudio.
A partir de los 76 años viajé cuatro veces a China y empecé a
estudiar el idioma, la filosofía y la medicina tradicional de
ese país. A los 79 años comencé a escribir este
libro, siguiendo la sugerencia que me había hecho 20 años
antes mi profesora y mentora en Estados Unidos, Evelyn Hu DeHart, china
de nacimiento, doctorada en la Universidad de Texas y reconocida especialista
en Historia Latinoamericana. Según Evelyn, yo debía escribir
la historia de mi familia en vez de hacer investigación sobre
comunidades andinas; pues, decía ella, el mundo está lleno
de historiadores y antropólogos que se ocupan de la sociedad andina,
y las familias Matarazzo y Benavides interesan para la historia latinoamericana.
Evelyn también quería que yo fuera a la Universidad de
Beijing por dos años como profesora de inglés, para estudiar
la cultura china y enseñarla en el Perú, donde
se le desconoce casi por completo. Los concejos de Evelyn nunca
se me olvidaron, aunque he demorado un poquito en seguirlos…
Urdimbre y trama de mi vida
Mi vida, como la vida de todos nosotros, se puede comparar a
un tejido. Para conformar un tejido se coloca en el telar primero
la urdimbre, que son los hilos verticales, luego la trama, que
son los hilos horizontales. Mis padres me dieron la urdimbre;
la trama es lo que he aprendido del mar, del cielo, de los cerros,
de las flores, de los niños, de
los amigos, de los libros… En la filosofía china se llama
Urdimbre los libros confucianos que encierran una sabiduría antigua;
pues se considera que conforman lo más esencial de la revelación
del complejo entramado del Universo, o sea del Macrocosmo: Cielo, Tierra,
Humanidad. La vida de cada ser humano es un microcosmo que refleja el
macrocosmo: la humanidad no existiría si no existiéramos
cada uno de nosotros; así como no existiría el océano
si no existiera cada una de las gotas que lo componen. La urdimbre es
lo que heredamos de nuestros padres y abuelos, o sea la energía
con que nacemos; la trama es lo que nosotros mismos colocamos. Cada uno
de nosotros podría escribir sus experiencias personales, y no
habría dos escritos iguales…
Thomas Merton escribió un libro que se titula: Ningún hombre
es una isla. Ninguna mujer tampoco; por eso, al contar mi vida no puedo
dejar de contar las vidas de otras personas que he conocido, con las
cuales he convivido y que han tenido influencia sobre mi manera de ser
y de pensar. He procurado contar lo que sé de mi misma y de otras
personas en la manera más sencilla posible, procurando evitar
de herir sensibilidades y ofender la memoria de los que, como dice la
Iglesia, nos han precedido en el siglo de la Fe; y eso, sin querer precisar
a que Fe me refiero. En algunos casos, he utilizado seudónimos
en lugar de los nombres verdaderos. Pero quiero advertir a los que lean
este relato que “todo es verdad, todo es mentira”. Porque
nuestra comprensión de las cosas es una imagen que nosotros formamos
en nuestra mente y que puede ser muy distinta de “la realidad”;
con más razón, es fantasiosa cuando se filtra a través
de los velos del tiempo lejano.
Algunos de los capítulos de este libro son temas que trato por
primera vez. Otros son resúmenes de escritos míos anteriores,
algunos publicados y otros inéditos. Para los que les interese
conocer más de algún tema que menciono, acompaño
la relación de mis trabajos previos en una nota bibliográfica.
De lo que cuento se desprende que “nada es para siempre”:
o, como dice el proverbio popular, “no hay dolor que dure cien
años, ni cuerpo que lo resista”. Quizás eso les impacte
como melancólico. Pero espero que de lo que cuento se desprenda
también por lo menos un poco de lo que traté de aprender
del Santo más simpático de todos, San Francisco de Asís,
quién decía: “La principal virtud es la Alegría”.
El trabajo se divide en varias partes. La primera trata del Brasil,
país
en que nací, y del que tengo la nacionalidad. Pero mis raíces
son italianas como se puede apreciar por las dos breves biografías
iniciales: una de mi abuelo paterno, Conde Francesco Matarazzo, natural
de Castellabate, en el sur de Italia, que migró al Brasil en 1881;
y una de mi abuela materna, Mizi Durando, Condesa Dall’Aste Brandolini,
esposa del Cónsul General de Italia en Sao Paulo. Siguen algunas
noticias de mis padres y hermanas y de mi infancia en Sao Paulo. La segunda
parte hace algunas referencias a mi marido, Oscar, a su infancia y juventud;
e incluye una breve biografía de mi suegro, el Presidente del
Perú Mariscal Oscar R. Benavides.
Las partes que siguen se refieren mayormente a mis experiencias
en el Perú, a las investigaciones que he realizado, a los viajes que
he hecho y a las materias que he estudiado y que sigo estudiando. No
hablo mucho de mis hijos a pesar de que han sido, y son, lo más
importante de mi vida: les dejo a ellos la tarea de escribir sus propias
autobiografías…
Construir puentes entre culturas
No sé si es verdad la teoría del libre albedrío.
A veces nos parece que somos libres para escoger; pero nuestras
opciones son limitadas y a veces, nuestras decisiones son previsibles.
Entre los factores que nos condicionan, ciertamente la cultura
aprendida es una de las más determinantes. Todos aprendemos
de nuestros padres, pues lo que conocemos desde la infancia nos
parece natural y lo que vemos por primera vez después
de adultos nos parece extraño. Pero algunos somos más
rígidos que otros en nuestra visión del mundo.
Hay los que aprendemos y los que nos cerramos. Y también
hay los que reaccionamos en contra de las lecciones aprendidas.
Mi padre encontraba que sus hijas no necesitaban estudiar formalmente.
Yo, quizás por espíritu de contrariedad, quise
siempre y todavía quiero aprender cosas nuevas. Siento
que el estudio nunca defrauda, pues nunca termina, es una conquista
permanente. Algunas personas que han sido estudiosas en su juventud
desisten del estudio en la vejez; pero así como los trabajadores
deben seguir trabajando y los amantes deben seguir amando, los
estudiosos debemos seguir estudiando: porque el trabajo, el amor,
el estudio son la vida, y debemos vivir la vida hasta nuestro último
aliento.
A mí me ha gustado siempre estudiar y a la vez compartir
con los demás lo que he aprendido. Aprendí a escribir
en Estados Unidos, y mayormente he escrito sobre temas académicos:
etnohistoria, biografías, reseñas de libros. Ahora
me estoy lanzando a escribir cosas de mi vida. Mis objetivos
son varios: si digo que quiero construir un puente entre las
culturas europeas, las latinoamericanas, las orientales ya parece
que soy muy ambiciosa. Pero todo es cuestión de grado,
y aunque sea un puente etéreo quizás sirva de inspiración
a algún constructor más hábil que yo. Como
bien dice Maria Rostworowski de Diez Canseco: el conocimiento
es como una escalera, tenemos que pisar los peldaños que
han puesto otros para poner un peldaño más. Ojalá este
libro sirva para poner un peldaño más en la escalera
que lleva a la mutua comprensión entre las gentes que
poblamos este mundo; pero también escribo porque me divierte,
y a veces me río sola mientras tipeo en la computadora.
Los elementos geográficos y culturales que han influido
más en mi vida han sido Italia, Inglaterra, Brasil, Perú,
Estados Unidos, China. He pasado temporadas en Europa cuando
soltera: pero he conocido Italia, Suiza e Inglaterra también
por las referencias que de ellas me hacían mis padres,
parientes y amigos. En Brasil conocí mayormente el ambiente
de los grupos europeos que procuraban reproducir en tierras sudamericanas
el estilo de vida de su patria de origen. En el Perú aprendí que
los serranos saben mucho sobre Lima, pero los limeños
sabemos poco o nada de la sierra. Lo mismo sucede entre los latinoamericanos
y Estados Unidos: los latinoamericanos sabemos más de
los Estados Unidos de lo que saben de nosotros los que se autodenominan
americanos (en Europa se dice americano a la gente de todo el
continente, desde Alasca hasta la Tierra del Fuego); aún
los (norte) americanos que han vivido, investigado o estudiado
en Latinoamérica lo han hecho casi siempre “desde
afuera” sin sentir las “ríos profundos” de
la mezcla que somos los que nacemos y vivimos al sur del Río
Grande.
Viví siete años en Estados Unidos donde hice buenos
amigos, de esos que son “para toda la vida”. Pues
si bien es cierto que los (norte) americanos están limitados
por las mismas ventajas que tienen, son personas abiertas y sinceras
en su visión algo infantil de este globo terráqueo.
En Estados Unidos con sorpresa me enteré que soy latinoamericana.
Y aprendí que, si bien las comparaciones son odiosas,
son necesarias; y que inevitablemente todos somos etnocéntricos.
La “relatividad cultural” propugnada por la antropología
moderna considera del mismo valor todas las culturas. Sin embargo,
aún el más “relativo” de los científicos
sociales inevitablemente prefiere su propia cultura a todas las
demás; y cuando regresa del trabajo de campo entre pigmeos
o ashanincas, suspira con alivio al hundirse en su sillón
preferido frente a la televisión, con su taza de café o
su vaso de whisky en la mano. Felizmente es así: pues, ¿qué se
harían los pigmeos o los ashanincas con un antropólogo
californiano o limeño que quiera adoptar su cultura? En
el mejor de los casos, marginalizarlo; y en el peor… Bueno,
yo he sido antropóloga recién a partir de los 62
años; pero, si es que tengo algo de relativismo cultural,
no es por razones de estudio o de principios filosóficos,
sino por experiencia personal.
Y ¿qué diré de la China? Imposible conocerla,
comprender su gente, compartir su pensamiento. Pero se está dando
la paradoja que en Occidente se estudia más la filosofía
milenaria china que en su país de origen. De soltera,
muy poco me había detenido en el estudio de China y de
su cultura. El dicho inglés “East is east and west
is west and never the twain shall meet” expresa el concepto
de las diferencias irreconciliables entre Este y Oeste. No recuerdo
haber conocido chinos en Brasil ni en Europa en mi juventud.
Mi hermana Filomena sí tenía pasión por
los tallados chinos en marfil y consiguió que Fräulein
Hund, nuestra profesora de alemán, le vendiera una estatuilla
extraordinaria representando un chino entrenador de pericotes
que se le trepan agarrados en los pliegues de su manto.
Pero desde el momento que llegué al Perú encontré chinos
por todos lados. Al poco tiempo de llegar, mi cuñada Paquita
me recomendó que consultara al Dr. Pun para molestias
de la digestión. A mi marido le gustaba comer en chifas
de la calle Capón donde me llevaba con frecuencia. La
niñera de mis hijos era china por parte de padre; y conocí a
Emilio Guimoye, un chino rico que invirtió su fortuna
en agricultura en Bagua, y que había sido ministro durante
el gobierno de mi suegro. Recientemente conocí a Miguel Ángel,
médico chino, a Jian Ping, pintor y profesor de Tai Chi,
y a Fernán Alayza, profesor de cultura china de la Pontificia
Universidad Católica del Perú. Con ellos estudio
y trato de aprender algo de la sabiduría china.
Lima, 15 de setiembre de 2003
TIEMPO DE VIVIR
Por
María Angélica Matarazzo de Benavides
(Lima, Sociedad Geográfica de Lima, 2006)
INTRODUCCIÓN
Hay tiempo de nacer y tiempo de morir...
Eclesiastés 3 2
Entre el tiempo de nacer y el tiempo de morir,
pienso que es el tiempo de vivir y, quizás, sea este mi tiempo de contar
lo vivido... De ahí el título de este libro. Cuando
le conté a mi amigo Moshe Inbar, geógrafo de la
universidad de Haifa en Israel, que este libro llevaría
por título “Tiempo de vivir”, él comentó: “Interesante
el título. Como historiadora el tiempo es lo fundamental
para ti. Si fueras geógrafa lo llamarías ‘Espacio’”...
Y agregó: “Lo que no se publica no existe”.
Esta última frase de Moshe me convenció de que
debería tratar de publicar lo que sigue a estas líneas.
Mi primer libro, Pura vida, salió en una bonita edición
y mucha gente ha disfrutado leyéndolo. Antes de publicarlo
y también después, yo he escrito artículos
en revistas y capítulos en libros de varios autores. Pero,
en ambos casos, el tema no es completamente libre; debe uno atenerse
a la materia establecida por los editores; igualmente, no te
pagan, pero tampoco te cobran por publicarte. La revista tiene
su público cautivo y su sistema de publicidad y el libro
es financiado por alguna entidad.
En el caso de un libro escrito por un autor, si no eres ya un
famoso literato o si no escribes textos escandalosos, las imprentas
más importantes no se interesan por publicarte, pues ellos
buscan libros que se venderán en las decenas o centenas
de millares en todos los países de habla hispana. Yo ofrecí el
manuscrito de Pura vida a la Editorial Santillana, a la Universidad
Católica, a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
y a algunas otras editoriales. Una sola me respondió,
fue Santillana, quienes me contestaron: “Nosotros publicamos
de acuerdo a un sistema de categorías: novela, poesía,
biografía de personajes famosos, etc. El libro de usted
no pertenece a ninguna de nuestras categorías, por tanto
no lo podemos aceptar”. La editorial de la Católica
me dijo que lo estaban leyendo, que las opiniones eran favorables;
pero nunca me dio una respuesta definitiva. Entonces, decidí publicar
el libro con mis propios recursos y la Sociedad Geográfica
de Lima aceptó auspiciarlo.
Pura vida salió publicado en febrero del año 2004
con un lindo prólogo de mi amigo Rafo León. Fui
entrevistada en televisión por “Chema” Salcedo,
cuyo programa Fulanos y Menganos tiene amplia aceptación
entre el público limeño; también salió un
reportaje con mi foto en el diario El Comercio el día
de la presentación del libro; y un grupo de amigas que
tienen un “Club del Libro” me invitaron a darles
una charla sobre lo que había escrito.
Pero la entrevista que me resultó más interesante
fue la que me proporcionó mi bisnieto de nueve años,
Alfredo Zanatti Lizier, quien había llevado orgulloso
el ejemplar que yo le dediqué a la profesora de su clase
en el colegio americano Roosevelt. La profesora me invitó a
conversar con sus alumnos y acepté gustosa: los niños
se sentaron en el suelo alrededor mío y, después
de una breve introducción en que les hablé algo
de mi infancia, se abrió la sesión de preguntas.
Me parecieron importantes las preguntas que me hicieron los niños: “¿Por
qué escribiste el libro? ¿Cuánto te demoró? ¿Cómo
se hace para escribir un libro? ¿Has ido a la universidad? ¿Cuándo?”
Volviendo al tema de por qué estoy escribiendo este segundo
libro: la motivación es un poco diferente de la que tuve
con el primero. En él, quería dejar por escrito
los capítulos sobre mis abuelos, mis padres y mis hermanas,
como recuerdo para mis hijos, nietos y bisnietos. No había
conseguido que se publicaran los esbozos biográficos que
había redactado sobre mi abuelo paterno y mi abuela materna.
También quería decir algo positivo sobre la gestión
pública de mi suegro, para contrarrestar la visión
negativa que tenían algunos historiadores del presidente Óscar
Raymundo Benavides Larrea, por haber sido él un gobernante
militar y dictador.
En esta oportunidad, quiero contar algunas experiencias vividas
que ya figuran, aunque con otro estilo, en artículos publicados
en revistas especializadas, las que llegan a un público
restringido. Otras, las escribo por primera vez porque siento
que merecen ser contadas.; muchas de ellas se refieren al Perú,
donde he vivido la mayor parte de mi vida.
Para comprender el Perú de hoy necesitamos entender su
población tan diversa; en particular, la de Lima que es
conformada mayormente por inmigrantes provenientes de la sierra,
la costa norte y sur, la selva y el extranjero: por ejemplo,
los europeos desplazados de la Segunda Guerra Mundial y los que,
como yo, venimos de países con otras culturas.
Escribir también es útil para uno mismo: tenemos
que ordenar nuestros pensamientos antes de ponerlos en el papel.
Supongo que ese fue el motivo por el cual mi psicóloga
Patricia Monge quiso que yo dedicara dos horas de cada día
escribiendo este texto; pues yo le manifesté que deseaba
emprender la tarea pero que el desánimo me lo impedía.
Ella cumplió la función que había cumplido
mi marido con el primer libro. Óscar ya estaba muy enfermo
cuando yo estaba por terminarlo y me apremiaba: “¿Cuándo
vas a publicarlo?”
Este libro se divide en ocho partes. Algunas están definidas
por el espacio geográfico, otras por su elemento temporal.
La primera parte trata de Castellabate, el pueblo medieval en
el sur de Italia donde originó la rama de la familia Matarazzo
a la que pertenezco; la segunda, de Brasil, mi patria de nacimiento.
La tercera parte sale un poco del ordenamiento general y habla
de mis padres, de mi suegra, de mi familia nuclear. La cuarta
y la quinta partes tratan del Perú, de su costa y de su
sierra, dos sectores geográficos cuya integración
está lejos de completarse. No hablo de la montaña
o selva amazónica, que conozco poco: la especialista en
ese campo es mi hija Margarita, antropóloga, cuyo trabajo
ha sido publicado recientemente en un Atlas de la selva central.
En la sexta parte hablo de algunos de mis viajes y en la séptima,
que es la última, pongo consideraciones sobre varios aspectos
de la vida que para mí son o han sido importantes; cubren áreas
tanto geográficas como temporales diversas. Termino con
una breve conclusión.
En los Apéndices he procurado aclarar algunos aspectos
que quedan sin suficiente explicación en el texto. Las
fotos son una selección, casi al azar, de los muchos álbumes
que tengo de fotos familiares, en que he querido dar prioridad
a los miembros de la familia geográficamente más
distantes.
Este libro no lleva noticias cronológicas de mis antepasados
y de mi infancia y juventud como lo hace el primero, por eso
agrego aquí una breve nota autobiográfica:
Nací en Sao Paulo, Brasil, en 1921, en una casa de la
Alameda Peixoto Gomide, cerca de la Avenida Paulista. Mi padre,
Attilio Matarazzo, había nacido en Brasil, pero sus padres
eran italianos, de Castellabate, Provincia de Salerno. Mi madre,
Adele Dall'Aste Brandolini, hija del Cónsul General de
Italia, era italiana de nacimiento y de nacionalidad. En mi casa
se hablaba inglés e italiano, los que fueron mis primeros
idiomas: el inglés porque mi madre se había educado
en Inglaterra y contrataba niñeras inglesas para que nos
cuidaran a mis hermanas y a mí (lo que era bastante usual
en el Brasil de esa época); el italiano, porque mis padres
se comunicaban en ese idioma. Más tarde aprendí el
portugués, idioma de mi país natal, y en Argentina
y Perú aprendí dos versiones diferentes del español.
Tengo poca oportunidad de leer y hablar el italiano, pero he
mantenido el interés por la lectura en inglés y
también he escrito y publicado en ese idioma; pienso que
el estilo de la literatura inglesa, más conciso que el
de las lenguas latinas, ha influido sobre mi manera de escribir
en castellano. Y, aunque pueda parecer raro, creo que la literatura
clásica china, más concisa aún y frecuentemente
ambigua, de alguna manera también ha influenciado mi manera
de pensar y, de consecuencia, de escribir. Excepcionalmente leo
en portugués. En cuanto al español, durante muchos
años tuve un cierto recelo de leerlo; solamente en años
recientes le he tomado el gusto a leer algunos autores de los
diferentes países latinoamericanos.
Durante mi infancia y juventud tuve la suerte de conocer Europa
antes de la época del turismo en masa que amenaza las
ruinas históricas y distorsiona la economía y la
psicología de visitantes y visitados. A la edad de veinte
años me mudé con mis padres y mis dos hermanas,
Filomena y Livia, a Buenos Aires, Argentina, donde conocí a Óscar,
el hijo del entonces embajador y ex presidente del Perú, Óscar
Raymundo Benavides Larrea. En diciembre de 1942, Óscar
y yo nos casamos y en febrero de 1943 vinimos a vivir al Perú,
donde nacieron nuestros nueve hijos.
Vivimos durante treinta años en Los Cóndores, a
40 kilómetros de Lima, donde se gozaba de clima seco y
asoleado. Luego los hijos crecieron y se alejaron del hogar y
mi marido y yo nos trasladamos a Lima. En 1976 viajé a
Estados Unidos donde cursé estudios universitarios, terminando
en 1983 con una Maestría en Estudios Latinoamericanos
(Antropología e Historia) de la Universidad de Texas (Austin).
A partir de ese momento utilicé el nombre profesional
María A. Benavides. Trabajé en investigación
etnohistórica andina hasta 1997, especialmente en el valle
del río Colca, provincia de Caylloma, departamento de
Arequipa, Perú. Publiqué artículos sobre
mi investigación y participé en simposios y congresos.
A partir de 1997, investigué la inmigración china
a Sao Paulo, Brasil, y a Lima, Perú.
En 1996 fui contratada como profesora de Antropología
en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. Después
de tres años renuncié a la docencia, para dedicarme
al estudio de la lengua, la filosofía y la medicina chinas.
Viajé a China tres veces y a Taiwán una vez.
El primero de junio 2004 falleció mi marido Óscar
R. Benavides, después de una larga enfermedad que soportó con
fuerza admirable. El primer año de luto me resultó difícil;
ahora estoy aprendiendo a vivir sola. Colaboro con Fernán
Alayza, profesor de Estudios Orientales de la Universidad Católica
de Lima, en la traducción directa del chino al castellano
de los libros clásicos chinos. Leo y escribo; a la vez,
tengo la alegría de llevar una intensa vida familiar,
participando de las actividades de mis hijos y nietos.
Lima, agosto de 2006
María Angélica Matarazzo
de Benavides